Soberanía Económica

Sin industria no hay pueblo: lo que Milei llama modelo es desguace

El debate que el gobierno prefiere no tener

Hay preguntas que los modelos económicos responden con claridad y otras que esquivan con elegancia. El de Javier Milei esquiva con notable disciplina la más básica de todas: ¿qué hace la Argentina, quién la hace y con qué empleo? Según El Litoral, el desafío de la industria y el empleo en el esquema que propone el gobierno es, en rigor, un desafío sin respuesta oficial. No hay política industrial. No hay plan de empleo. Hay, en cambio, una apuesta ideológica: que el mercado resuelva lo que el Estado dejó de hacer.

Ese planteo no es nuevo ni inocente. Es la misma promesa que circuló en los noventa bajo la forma de la convertibilidad y que terminó con la peor crisis social de la historia argentina reciente. La diferencia es que hoy se presenta con más fervor libertario y menos pudor técnico.

Lo que los números dicen cuando el gobierno no habla

La Argentina cerró 2024 con una caída del PBI industrial que golpeó especialmente a ramas como la metalmecánica, el textil y la construcción. El INDEC registró, en distintos trimestres del año pasado, retrocesos en el empleo registrado del sector privado que afectaron desproporcionadamente a trabajadores de ingresos medios y bajos. No es abstracción: son fábricas que achican turnos, talleres que cierran, familias que pierden el ingreso fijo.

Mientras tanto, el gobierno celebra el superávit fiscal como si fuera un fin en sí mismo. Pero un superávit construido sobre la licuación de jubilaciones, el ajuste en obra pública y el desfinanciamiento de universidades no es un logro de gestión: es una transferencia de recursos desde los sectores populares hacia los acreedores externos. El FMI recibe, la industria nacional sangra.

La pregunta que el campo popular tiene que instalar con fuerza es esta: ¿superávit para quién? Porque si el resultado de equilibrar las cuentas es que los pibes no consiguen trabajo, que las PyMEs no acceden al crédito y que la capacidad instalada industrial se deteriora, entonces ese equilibrio no es un éxito macroeconómico sino una decisión política sobre quién paga los platos rotos.

El modelo sin nombre: apertura, desindustrialización y dependencia

Milei no llama a su programa "desindustrialización". Habla de "competencia", de "eficiencia", de "inserción en el mundo". Pero detrás de esos eufemismos hay una lógica concreta: abrir la economía a las importaciones sin reciprocidad, desregular sin criterio y esperar que la inversión extranjera llegue sola, atraída por el ajuste.

Ese esquema tiene un nombre en la historia económica argentina: modelo agroexportador con financiarización. No genera empleo industrial de calidad. No desarrolla tecnología. No construye cadenas de valor. Produce, en cambio, primarización de la economía, concentración del ingreso y dependencia creciente del ciclo de commodities.

Lo que Perón entendió hace ochenta años —y que la tradición nacional-popular sostuvo con más o menos consistencia— es que un país que no produce no decide. La soberanía económica no es un slogan: es la condición material de la soberanía política. Sin industria propia, sin empleo genuino, sin mercado interno robusto, la Argentina queda a merced de las fluctuaciones del precio de la soja y de los humores de los fondos de inversión.

El peronismo ante el espejo: diagnóstico y obligación

Sería deshonesto hacer este análisis sin mirar también hacia adentro del campo popular. El kirchnerismo gobernó con una política industrial activa, con tipos de cambio diferenciales, con crédito del Banco Nación orientado a la producción, con retenciones que permitieron financiar el gasto social. Esas herramientas tuvieron resultados concretos: entre 2003 y 2015 la industria creció, el empleo registrado se expandió y la distribución del ingreso mejoró de manera sostenida.

Pero también es cierto que el ciclo kirchnerista no logró resolver algunas tensiones estructurales: la restricción externa, la dependencia energética, la informalidad laboral persistente. Esas deudas no justifican el desguace actual, pero sí obligan al campo popular a llegar al próximo ciclo con propuestas más sólidas, con mayor capacidad de planificación y con menos voluntarismo.

El peronismo que viene —si quiere ser algo más que nostalgia— tiene que poder decirle a un joven de veintidós años en el conurbano qué trabajo va a tener, en qué sector, con qué salario y con qué perspectiva de ascenso social. Eso requiere una política industrial seria, un sistema educativo y de formación profesional articulado con las necesidades productivas reales, y un Estado que no se disculpe por existir sino que demuestre que puede hacerlo bien.

La disputa que viene: industria o renta, trabajo o ajuste

El debate sobre industria y empleo que plantea la coyuntura no es técnico: es político. Es la pregunta de siempre reformulada para este momento: ¿quién gana y quién pierde con el modelo vigente? La respuesta es clara. Ganan los sectores financieros, los exportadores de commodities sin valor agregado y los importadores que compiten deslealmente con la producción nacional. Pierden los trabajadores industriales, las PyMEs, los municipios que dependen de la actividad fabril local, y en última instancia toda la clase media que sostiene su nivel de vida con empleo privado formal.

Esa es la coalición que el campo popular tiene que nombrar, organizar y representar. No con consignas vacías sino con programa. No con nostalgia sino con proyecto. La Argentina que produce, la Argentina que trabaja, la Argentina que decide su propio destino: ese es el país que vale la pena disputar.

El modelo de Milei tiene respuesta para los mercados financieros. No tiene respuesta para la fábrica que cierra en Rosario, para el tornero de cuarenta y cinco años que queda en la calle, para el municipio del interior que pierde su principal empleador. Esa ausencia de respuesta no es un error de implementación: es el corazón del proyecto. Y reconocerlo con claridad es el primer paso para construir la alternativa.

Fuentes citadas

  1. El Litoral — El desafío de industria y empleo en el modelo de Milei — Nota original que dispara el análisis editorial.
  2. INDEC — Encuesta Industrial Mensual — Fuente oficial de datos sobre producción y empleo industrial en Argentina.
  3. Página/12 — Sección Economía — Seguimiento periodístico del impacto del ajuste sobre el tejido productivo nacional.

Preguntas frecuentes

¿Qué política industrial tiene el gobierno de Milei?
El gobierno de Milei no ha presentado un plan industrial explícito. Su enfoque se basa en la desregulación, la apertura de importaciones y la reducción del rol del Estado, apostando a que el mercado genere inversión sin intervención pública directa.
¿Cómo afectó el ajuste al empleo industrial en Argentina?
Durante 2024, el INDEC registró caídas en el empleo registrado del sector privado, con impacto especial en ramas industriales como la metalmecánica, el textil y la construcción. El deterioro del salario real también redujo el consumo interno, afectando la demanda que sostiene la producción nacional.
¿Qué diferencia hay entre el modelo actual y el kirchnerismo en materia industrial?
El kirchnerismo utilizó herramientas activas como tipos de cambio diferenciales, crédito orientado a la producción, retenciones y compras estatales para sostener la industria. El modelo actual elimina esas herramientas y apuesta a la apertura y la desregulación como motores de inversión.
¿Por qué es importante el mercado interno para el desarrollo industrial?
Un mercado interno fuerte permite a las industrias escalar producción, generar empleo de calidad y desarrollar tecnología propia. Sin demanda interna sostenida —que depende de salarios reales y empleo estable— la industria nacional no puede competir ni crecer.
¿Qué propone el campo popular como alternativa al modelo de ajuste?
La tradición nacional-popular propone un Estado activo que oriente la inversión, proteja sectores estratégicos, articule educación con necesidades productivas y redistribuya el ingreso para sostener la demanda interna. El desafío pendiente es traducir esos principios en un programa concreto y creíble para el próximo ciclo político.