Soberanía Económica

El riesgo país no lo maneja Milei: lo dicta Wall Street

Hombre de mediana edad lee el diario en un bar porteño bajo luz de mañana
Hombre de mediana edad lee el diario en un bar porteño bajo luz de mañana

El ministro que confundió el termómetro con la fiebre

Luis Caputo salió a explicar la reciente suba del riesgo país con una lógica que merece ser analizada con cuidado. Según Radio Mitre, el ministro de Economía sostuvo que lo que algunos temen es que el presidente Milei no esté en 2027. La lectura es tan reveladora como preocupante: el propio funcionario a cargo de la economía nacional está diciéndole al país que su estabilidad financiera depende de la continuidad de una persona, y que esa persona, a su vez, es quien genera confianza en los mercados internacionales.

Ahí está el nudo del problema. No en la anécdota electoral, sino en lo que esa frase expone sin pudor: Argentina no tiene soberanía económica. La tiene delegada en los fondos de inversión que operan en Nueva York y Londres, y que deciden cada mañana si el país es digno de crédito o no.

Riesgo país: qué mide y a quién le importa

El riesgo país —técnicamente el EMBI, elaborado por JP Morgan— es un indicador que mide el diferencial de rendimiento entre los bonos soberanos argentinos y los del Tesoro de Estados Unidos. Cuando sube, significa que los inversores globales piden más rentabilidad para prestarle a Argentina, lo que encarece el financiamiento externo. Cuando baja, el gobierno de turno lo celebra como si hubiera ganado el Mundial.

Pero hay algo que ningún ministro de este signo político explica en cámara: el riesgo país no lo construye el pueblo argentino. Lo construyen traders, fondos de cobertura y analistas que operan desde el hemisferio norte, con lógicas propias que poco tienen que ver con el bienestar de los 46 millones de personas que viven acá. Depender de ese número como brújula de política económica es, en el mejor de los casos, una ingenuidad; en el peor, una decisión política consciente de subordinación.

Perón lo dijo de otra manera, pero lo dijo: la soberanía política es imposible sin independencia económica. Setenta años después, seguimos discutiendo si el EMBI nos da o no nos da permiso para existir.

La trampa de la confianza de los mercados

El gobierno de Milei construyó su narrativa económica sobre un pilar central: recuperar la confianza de los mercados internacionales. Para lograrlo, implementó el ajuste fiscal más brutal en décadas, recortó jubilaciones, desfinanció universidades, licuó salarios y desreguló sectores enteros de la economía. El resultado, según sus propios voceros, fue una baja del riesgo país que llegó a niveles que no se veían desde antes de la reestructuración de 2020.

Sin embargo, ahora que el indicador vuelve a subir, la explicación oficial no es autocrítica. No hay revisión del modelo. La culpa, según Caputo, es del calendario electoral. Es decir: el mercado se pone nervioso porque en 2027 podría haber un gobierno distinto. Y eso, en la cosmovisión del ministro, es el problema.

Pensemos en lo que eso implica: si la estabilidad financiera del país depende de que un gobierno en particular sea reelecto, entonces no hay estabilidad real. Hay una burbuja de legitimidad externa que se sostiene mientras los acreedores crean que el ajuste va a continuar indefinidamente. En cuanto eso tambalea —por elecciones, por protestas sociales, por cualquier variable democrática— el castigo llega en forma de puntos básicos de riesgo.

Eso no es soberanía. Es condicionamiento.

La deuda como mecanismo de disciplinamiento

No es la primera vez que Argentina vive esta situación. El endeudamiento externo como herramienta de disciplinamiento político tiene historia larga en este país. La dictadura tomó deuda para estatizar pasivos privados. El menemismo se endeudó para sostener la convertibilidad. De la Rúa llegó al default en medio de un blindaje del FMI que exigía más ajuste como condición para el desembolso. Y Macri tomó el préstamo más grande de la historia del Fondo en 2018, que este gobierno heredó y renegoció en términos que todavía no son del todo transparentes para la ciudadanía.

Cada uno de esos ciclos tuvo el mismo patrón: endeudamiento, ajuste, crisis, renegociación. Y en cada renegociación, Argentina cedió algo: autonomía regulatoria, capacidad de gasto social, margen de maniobra cambiaria.

Lo que Caputo está describiendo, sin querer, es la fase más reciente de ese ciclo. El riesgo país sube porque los mercados anticipan que el ajuste podría no ser eterno. Y tienen razón en anticiparlo: ningún ajuste de esta magnitud es políticamente sostenible en el tiempo sin consecuencias electorales. La pregunta es si vamos a seguir organizando la economía en función de esas anticipaciones o si vamos a empezar a pensar en términos de desarrollo autónomo.

El camino alternativo que no se debate

Mientras Argentina mira el EMBI con ansiedad, otras economías de la región exploran caminos distintos. Brasil avanza en su integración al bloque BRICS. Bolivia consolidó durante años un modelo de soberanía energética con el gas como palanca. Venezuela, con todos sus problemas, fue pionera en cuestionar la arquitectura financiera global a través del ALBA. La CELAC existe, aunque el gobierno actual le dio la espalda con entusiasmo.

No se trata de romantizar ninguno de esos modelos ni de ignorar sus contradicciones. Se trata de señalar que hay debates posibles que este gobierno clausuró de antemano: integración regional, desconexión parcial de los circuitos financieros especulativos, financiamiento del desarrollo a través de organismos multilaterales del Sur, diversificación de socios comerciales.

Un país que puede venderle litio, soja, petróleo y gas al mundo no debería estar rogándole a JP Morgan que baje su termómetro. Debería estar negociando desde una posición de fortaleza, con socios regionales que compartan intereses y con una estrategia de largo plazo que no dependa de quién gane las elecciones en dieciocho meses.

Lo que la frase de Caputo revela sobre el modelo

Volvamos al principio. Caputo dijo que lo que algunos temen es que Milei no esté. Eso es, en realidad, la confesión más honesta que ha hecho este gobierno sobre su propia fragilidad. No están construyendo una economía sólida. Están construyendo una economía que funciona mientras el mercado crea en el piloto. En el momento en que esa fe flaquea, el edificio tiembla.

Esa no es la soberanía económica que el país necesita. Es su opuesto exacto: una dependencia tan profunda del humor de los acreedores externos que hasta las elecciones propias se convierten en un riesgo a gestionar.

El futuro no se construye mirando el EMBI. Se construye desde el Estado, con política industrial, integración regional y la convicción de que las decisiones económicas fundamentales las tienen que tomar los argentinos, no los fondos de cobertura de Manhattan.

Relacionado: Soberanía en peligro con Milei — otra mirada sobre el mismo tema.

Fuentes citadas

  1. Radio Mitre — Caputo vinculó la suba del riesgo país a las elecciones de 2027 — Fuente original de la declaración del ministro Caputo que motiva el análisis editorial.
  2. Banco Central de la República Argentina — Estadísticas de mercado de cambios — Datos oficiales sobre reservas y variables cambiarias relevantes para contextualizar el análisis de riesgo soberano.
  3. Página/12 — Sección Economía — Cobertura y análisis continuado de la política económica del gobierno de Milei y su relación con los mercados financieros internacionales.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el riesgo país y por qué sube?
El riesgo país es un índice —el más usado es el EMBI de JP Morgan— que mide cuánto más tiene que pagar Argentina respecto a Estados Unidos para endeudarse en los mercados internacionales. Sube cuando los inversores perciben mayor incertidumbre o probabilidad de incumplimiento de pagos. Factores como elecciones, conflictos sociales o cambios de política económica pueden influir en su variación.
¿Por qué Caputo vinculó la suba del riesgo país con las elecciones de 2027?
El ministro sostuvo que parte de la suba se explica por el temor de ciertos actores del mercado a que Milei no continúe en el gobierno después de 2027. Desde nuestra perspectiva editorial, esa explicación revela una dependencia estructural del humor de los mercados externos sobre las decisiones políticas internas del país.
¿Qué alternativas tiene Argentina para reducir esa dependencia?
La integración regional a través de bloques como el Mercosur, la CELAC o los BRICS ofrece alternativas de financiamiento y comercio que no pasan por los mercados financieros del Norte global. Además, políticas de desarrollo industrial, soberanía energética y diversificación de socios comerciales pueden reducir la exposición al riesgo país como variable condicionante.
¿Cuál es la historia de la deuda externa argentina y su impacto en la soberanía?
Argentina acumula décadas de ciclos de endeudamiento y ajuste que recortaron sistemáticamente la autonomía del Estado. Desde la deuda de la dictadura hasta el préstamo récord del FMI en 2018, cada renegociación implicó condicionamientos sobre política cambiaria, fiscal y social. Esa historia es el contexto ineludible para entender la situación actual.
¿Qué tiene que ver el riesgo país con la vida cotidiana de los argentinos?
Un riesgo país alto encarece el crédito externo, lo que limita la capacidad del Estado de financiar inversión pública, y puede presionar al tipo de cambio y a la inflación. En términos concretos, afecta el financiamiento de obras de infraestructura, programas sociales y el costo del servicio de la deuda que el presupuesto nacional debe afrontar cada año.