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Soberanía alimentaria y salud pública: la disputa por lo que comemos

Soberanía alimentaria y salud pública: la disputa por lo que comemos
Soberanía alimentaria y salud pública: la disputa por lo que comemos

TL;DR

La soberanía alimentaria y su impacto en la salud pública son dos caras de la misma moneda: el modelo agroexportador concentrado empuja precios internos, empobrece la dieta y multiplica enfermedades crónicas. Sin política estatal que garantice acceso, producción diversificada y regulación, no hay salud pública posible.

De qué hablamos cuando hablamos de soberanía alimentaria

El concepto de soberanía alimentaria fue acuñado por el movimiento campesino internacional Vía Campesina a mediados de los noventa y se diferencia de la mera "seguridad alimentaria". No alcanza con que haya comida disponible: importa quién la produce, con qué métodos, a qué precio llega a la mesa y qué se come efectivamente. Es, en el fondo, una discusión sobre poder.

En la Argentina, hablar de soberanía alimentaria implica preguntarse por qué un país que produce alimentos para más de 400 millones de personas tiene, según datos del INDEC, más de un 50% de personas bajo la línea de pobreza y una infancia castigada por la malnutrición. La respuesta no está en la cantidad producida, sino en la estructura de la cadena: pocos actores concentran la exportación, la molienda, la góndola y la fijación de precios.

Como ya planteamos en Soberanía alimentaria en Argentina: por qué es clave para el futuro, el problema no es agronómico sino político. Y cuando el problema es político, la salida también lo es.

El modelo agroexportador concentrado y sus efectos en la mesa

La expansión sojera de las últimas tres décadas transformó la geografía productiva argentina. Millones de hectáreas se dedicaron a un puñado de commodities orientados a la exportación, mientras la producción de frutas, verduras, legumbres y lácteos para el mercado interno fue perdiendo peso relativo. El resultado es paradójico: en el granero del mundo, comer sano es caro.

Los datos son elocuentes. Según relevamientos del propio INDEC, el rubro Alimentos y Bebidas suele encabezar la inflación mensual, y las verduras y frutas frescas son de los productos con mayor volatilidad de precios. Esto empuja a los hogares de menores ingresos hacia alimentos ultraprocesados, más baratos por caloría pero pobres en nutrientes.

Algunos indicadores estructurales que ayudan a dimensionar el problema:

  • Argentina es uno de los países con mayor consumo per cápita de bebidas azucaradas de la región, según la OPS.
  • El sobrepeso y la obesidad afectan a más del 60% de la población adulta, según la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo del Ministerio de Salud.
  • La diabetes tipo 2 y la hipertensión, patologías directamente vinculadas a la dieta, están entre las principales causas de morbilidad.

Este no es un problema de "malas elecciones individuales". Es lo que la epidemiología crítica llama un ambiente obesogénico: un entorno donde lo barato, lo accesible y lo publicitado es también lo que enferma.

Ultraprocesados, publicidad y la enfermedad como negocio

La Ley 27.642 de Promoción de la Alimentación Saludable, sancionada en 2021 y conocida como Ley de Etiquetado Frontal, fue una batalla emblemática. Del otro lado del mostrador estuvieron las grandes cadenas de la industria alimenticia, que durante años bloquearon iniciativas similares. La ley obliga a colocar octógonos negros en productos con exceso de azúcares, sodio, grasas saturadas y calorías.

No es un detalle menor: cuando el Estado interviene en la información al consumidor, cambia la conducta de compra. Los estudios preliminares del Ministerio de Salud y de universidades públicas muestran reformulaciones de productos y descensos en el consumo de los más críticos. Es un ejemplo concreto de cómo la regulación estatal impacta directamente en la salud pública.

Ahora bien, el etiquetado es un piso, no un techo. Falta avanzar en restricciones a la publicidad dirigida a niños, en compras públicas que prioricen producción agroecológica y en la protección de los mercados de cercanía frente a la lógica de las grandes cadenas.

Agricultura familiar: la trinchera silenciosa

La agricultura familiar, campesina e indígena produce, según cifras del ex Ministerio de Agricultura y de organizaciones como la UTT (Unión de Trabajadores de la Tierra), alrededor del 60% de los alimentos frescos que consumen los argentinos, con menos del 15% de la tierra cultivable. Ese dato solo debería alcanzar para orientar la política pública.

Sin embargo, este sector sobrevive con acceso limitado al crédito, escasa infraestructura de frío y logística, y sin políticas de tierra que le garanticen previsibilidad. Los feriazos y las verdurazas frente al Congreso durante los últimos años no fueron gestos performáticos: fueron denuncias sobre un modelo que los expulsa.

Una política de soberanía alimentaria seria requiere:

  • Acceso a la tierra para quien la trabaja, con instrumentos como el proyecto de ley de arraigo rural.
  • Financiamiento público para infraestructura de acopio, frío y transporte.
  • Compras estatales (comedores escolares, hospitales, fuerzas armadas) que prioricen producción local y agroecológica.
  • Precios sostén y bandas de comercialización para desacoplar el precio interno del internacional.

En esta línea, el debate sobre Inversión pública en educación y salud: qué está en juego en Argentina se conecta directamente: los comedores escolares y los hospitales son también política alimentaria.

El impacto sanitario: lo que la góndola no muestra

Hay una tendencia global, bien documentada por la Organización Panamericana de la Salud, a que las enfermedades crónicas no transmisibles (ECNT) sean la principal causa de muerte. En Argentina representan alrededor del 70% de los fallecimientos. Detrás de esa cifra hay dieta, hay sedentarismo, pero sobre todo hay determinantes sociales.

Un niño que crece en un barrio popular con acceso irregular a frutas y verduras, expuesto a publicidad de bebidas azucaradas y con escuelas donde el kiosco vende casi exclusivamente ultraprocesados, tiene una probabilidad muy superior de desarrollar sobrepeso, hipertensión o diabetes en la adultez. Y esa carga la termina absorbiendo el sistema público de salud, tensionando presupuestos que podrían destinarse a prevención.

Es el círculo perfecto del negocio: la misma matriz que enferma es la que después vende medicamentos. Romperlo requiere una mirada integral, no compartimentada, entre las políticas de producción, comercialización, educación alimentaria y atención sanitaria.

Este enfoque, además, dialoga con la agenda de derechos que abordamos en La lucha por la igualdad de género en Argentina: agenda pendiente: las mujeres, principales responsables de la alimentación en los hogares populares, son también las que primero absorben el ajuste en la mesa.

Endeudamiento, ajuste y comida: el eslabón invisible

Cualquier análisis honesto tiene que incluir la dimensión macroeconómica. Cuando la Argentina se endeuda en dólares y necesita divisas urgentes para pagar, se refuerza el rol del complejo agroexportador como proveedor de dólares. Ese poder de negociación se traduce en presión por devaluar, por eliminar retenciones y por desregular precios internos. Todo eso golpea, directamente, la mesa de los hogares.

La relación no es abstracta. Como han mostrado economistas como Axel Kicillof y Eduardo Basualdo, cada ciclo de endeudamiento externo en Argentina estuvo acompañado de transferencias regresivas de ingresos, caída del salario real y pérdida de soberanía sobre decisiones económicas básicas, entre ellas cuánto y cómo comemos. Los datos del BCRA sobre formación de activos externos y del INDEC sobre canasta básica muestran la sincronía.

Por eso hablar de Derechos laborales en tiempos de crisis económica: radiografía argentina es también hablar de alimentación: sin salario, no hay soberanía alimentaria posible para las mayorías.

Qué política pública hace falta

La agenda es amplia pero no infinita. Existen instrumentos probados, en Argentina y en la región. El desafío es articular:

  1. Regulación de la cadena de comercialización, con transparencia de precios desde el productor hasta la góndola.
  2. Retenciones diferenciales que desalienten la exportación de alimentos básicos cuando el mercado interno está tensionado.
  3. Expansión del programa de agricultura familiar y agroecología, con financiamiento y acceso a la tierra.
  4. Compras públicas nutricionalmente orientadas.
  5. Educación alimentaria en el sistema educativo, articulada con la Ley de Etiquetado.
  6. Fortalecimiento de la Secretaría de Comercio y de los organismos de defensa del consumidor.

Nada de esto es utopía: son piezas que existen y que en distintos momentos históricos funcionaron. Lo que falta es la decisión política de sostenerlas frente a los lobbies que empujan en sentido contrario. La soberanía alimentaria y su impacto en la salud pública no se juegan en la góndola, sino en el Estado.

Fuentes citadas

  1. INDEC — Índice de Precios al Consumidor — Datos oficiales sobre evolución de precios, con Alimentos y Bebidas como rubro clave.
  2. Ministerio de Salud — Ley de Etiquetado Frontal — Información oficial sobre la Ley 27.642 y su implementación.
  3. OPS — Enfermedades no transmisibles — Datos regionales sobre ECNT y su relación con la alimentación.
  4. Encuesta Nacional de Factores de Riesgo — Relevamiento oficial sobre sobrepeso, obesidad, hipertensión y hábitos alimentarios en Argentina.
  5. Página/12 — Sección Economía — Cobertura periodística sobre concentración agroexportadora y política alimentaria.

Preguntas frecuentes

¿Qué diferencia hay entre seguridad y soberanía alimentaria?
La seguridad alimentaria implica que haya comida disponible y accesible. La soberanía alimentaria va más allá: pregunta quién produce, cómo, con qué modelo y bajo qué reglas. Es un concepto político que pone el foco en el poder de decisión de los pueblos sobre su sistema alimentario.
¿Por qué en Argentina, siendo productora de alimentos, cuesta tanto comer sano?
Porque el sistema está orientado a la exportación de commodities y los precios internos se rigen por parámetros internacionales. Además, la producción de frutas, verduras y otros alimentos frescos perdió peso relativo frente a la soja, y la cadena de comercialización está altamente concentrada.
¿Sirvió la Ley de Etiquetado Frontal?
Los estudios preliminares muestran que sí: hubo reformulación de productos por parte de la industria y cambios en las decisiones de compra. Es una herramienta valiosa, aunque requiere complementarse con políticas de acceso, educación alimentaria y regulación de la publicidad.
¿Qué papel cumple la agricultura familiar?
Produce alrededor del 60% de los alimentos frescos que se consumen en el país, según relevamientos oficiales y de organizaciones del sector, con una porción muy menor de la tierra cultivable. Sin políticas de tierra, crédito e infraestructura, ese aporte está en riesgo.
¿Cómo impacta la deuda externa en lo que comemos?
El endeudamiento en dólares obliga al país a priorizar la generación de divisas, y eso refuerza el poder del complejo agroexportador. Las presiones devaluatorias y las desregulaciones que suelen acompañar los ajustes se trasladan directamente al precio de la canasta básica.
¿Qué puede hacer el Estado concretamente?
Regular la cadena de comercialización, aplicar retenciones diferenciales, financiar agricultura familiar y agroecología, orientar compras públicas hacia alimentos saludables y de origen local, y sostener la educación alimentaria en las escuelas. Son instrumentos existentes que requieren decisión política.